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viernes, 6 de enero de 2012

Dieciséis.

Un día te despiertas y te agarras a la almohada entreabriendo los ojos molesta por el sol y soltando algo parecido a un gruñido, como sueles hacer todos los días. Estas media hora tratando de apartar las mantas con los pies mientras te frotas los ojos, como todos los días. A duras penas, consigues ponerte de pie sin caerte, y, como todos los días, te equivocas de pie con las zapatillas. Entonces caes en la cuenta de que hoy no es como todos los días. Desde siempre has querido a llegar a una edad en la que ya seas casi totalmente dueña de ti misma, en la que solo tu respondas ante tus acciones, en la que puedas esperar cualquier cosa de la vida, en la que tengas la edad idónea para poder hacer locuras, para poder equivocarte, para poder hacerte ilusiones, para poder ser una inconsciente de vez en cuando, para poder pasarte, para poder descubrir y probar cosas nuevas, para poder habar de cosas que se alejan un poco más de lo superficial, para poder replantearte las cosas de otra manera, para poder quitarte límites, para poder vivir de verdad. Una edad como, por ejemplo, los dieciséis años. Y hoy es ese día. Sales por la puerta de tu habitación con la sensación de tener el mundo en tus manos.
B.

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